Cuento corto: Doble encierro

¡Lo logré! Ella salió de la cama. Esta vez la cama no la sujetó, de hecho hasta le pidió a las cobijas que la sacaran de ahí.

Ninguna de ellas pudo, por más que forcejaron. Ella se aferró a mantenerse inerte encima de ellas.

Ya vete, por favor. Decían en coro, incluso las escuchó llorar.

En la mitad de su nula aventura, se calmaron un poco e incluso se asustaron porque creían que ella había dejado de existir.

Muévela un poco que así parece muerta. Se rió bajito y se acomodó en otra posición para que se quedaran más tranquilas.

Pasados un par de días, se rindieron. Se resignaron a que se quedaría así por algún rato. ¿Cuánto? Ninguna de ellas lo sabía, ni ella.

Sólo hubo levantamientos específicos, capricho de la naturaleza humana. El resto sólo fue permanecer en una quietud constante y aterradora.

De momento llegaba el sueño, pero se nublaba por sus antagonistas. Llegaba la parálisis y con ella todo lo que el inconsciente omitió.

El tiempo le pasó encima, a su lado y por debajo de las cobijas. Tampoco pudo hacer mucho, pues la voluntad estaba del lado contrarío a la esperanza.

Suspiró, suspiró y suspiró; nadie más que ella podía salvarse de su propia trampa. Nadie más que ella comprendía el mecanismo de la pausa intencional.

Cambió de postura mil tres veces, pero lo que no cambiaba era la incertidumbre. La nueva obsesión inútil, asustarse por lo que nada es y posiblemente no será.

Pero así como se sumergió en su silencio tortuoso, salió de él y de la cama.

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