Cuando la existencia duele

Duele levantarse cada día. Antes podía decir que cada mañana, pero para mí el tiempo se puso en pausa. Una pausa extraña porque sé que avanza, pero yo lo hago de forma distinta a él; o bueno, no a él, al resto de las personas.

Las horas se han desdibujado en mi cueva. Lo mismo me levanto a la media noche para desayunar que a las tres de la tarde para cenar. Lo mismo que un día me dan ganas de complacer mis antojos con comida dulce, que al siguiente no tomar más que un té.

No sé si fui yo —yo creo que sí— la que se construyó demasiado sensible para este escenario llamado realidad. La culpa fue mía por creer que aún se toleraba la inocencia de vivir.

Todo en mi cueva ocurre, evento tras evento. Yo soy la única testigo de mis transformaciones. Afuera también se mueven, las personas y las condiciones. Ojalá pudiera quedarme en mí para siempre, qué fácil sería.

¿Se imaginan?

Un solo lenguaje. Nadie con quien compartir dudas, nadie con quien comparar o compararse. Nadie para que el eco no estalle. Nadie para delegar ciertas responsabilidades cotidianas como lavar los trastes o descolgar la ropa que ya se seco. Nadie quien te levante o te diga que ya se hace tarde.

Se hace tarde. ¿Para qué? Ya lo olvidé.

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